LA ISLA ¿MISTERIOSA? DE BENIDORM

Benidorm es ya un destino que podríamos clasificar como “histórico”. Paradigma del boom turístico que experimentó nuestro país en los años 60 del pasado siglo, la localidad alicantina ha sabido mantener con dignidad, durante décadas, su trono de ciudad turística por excelencia para los 12 meses del año y para visitantes de toda edad y condición. La extensa oferta de hoteles en Benidorm, sus incontables establecimientos de restauración y ocio nocturno, la calidad de sus playas y la agradable temperatura del mar, sus rascacielos, sus parques temáticos… todo ello ha hecho que la fama de Benidorm traspase fronteras y desde hace décadas su nombre se asocie con la idea de vacaciones perfectas, mezcla de descanso y diversión, tanto para españoles como para extranjeros. La prueba es que, en este 2015 que acabamos de despedir, Benidorm ha registrado el mejor grado de ocupación hotelera desde el 2002: una media de ocupación mensual del 83,1%. De modo que, si no conoces la ciudad (algo que a estas alturas nos extraña), ya estás tardando… Todo español debe “peregrinar” al menos una vez en la vida a la “meca” turística nacional.
Hoy, sin embargo, desde ERV Seguros de Viaje vamos a hablar de algo poco conocido por la inmensa mayoría de los turistas que visitan la capital de la Costa Blanca: la relación legendaria de su isla con el macizo montañoso que limita la costa con el interior de la provincia.

 

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LA HISTORIA

La isla que existe en la bahía de Benidorm es conocida como “Isla de los periodistas” (en 1970 se nombró a la Federación Nacional de Asociaciones de Prensa madrina de la isla con fines obviamente propagandísticos) o más comúnmente “de los pavos reales” (por los numerosos ejemplares en libertad que la poblaban hasta hace unos 15 años y que hoy prácticamente han desaparecido). La isla posee un elevado interés ecológico, paisajístico y medioambiental, es por ello que en 2005 la Generalitat Valenciana la incluyó en el Parque Natural de Serra Gelada (Sierra Helada), el macizo montañoso con el que Benidorm limita al Este. Esta isla siempre ha tenido una gran riquezas piscícola y su fondo submarino es ideal para iniciarse en el buceo y observar gran número de peces, pulpos e incluso morenas. Sus más de 50.000 metros cuadrados de superficie albergan desde lagartijas comunes hasta un amplio surtido de aves que incluye vencejos, currucas, paiños, halcones peregrinos, cormoranes y, cómo no, gaviotas. Respecto a la flora de la isla destaca el acebuche, las chumberas, el cambrón, la risa de la virgen, la efedra, el marvavisco marítimo, la bufera, la sosa fina, la ceba marina y la vareta de San Josep, entre otras.

En la actualidad la isla se encuentra deshabitada, si no contamos la auténtica avalancha humana que desembarca diariamente en su pequeño puerto para hacer la clásica visita de un par de horas, como mucho. En su única construcción, un bar-restaurante, no pernocta habitualmente nadie dado que sus trabajadores vienen y van a diario en barco desde Benidorm. Sin embargo, se tiene constancia que ya desde el Neolítico (hace más de 7.000 años) era un importante punto de pesca y que, siglos después, fue ocupada por piratas berberiscos, que la utilizaban como base para sus ataques a poblaciones costeras. En 1834 se tiene constancia que sirvió de refugio a varias familias de Benidorm y Villajoyosa, que huyeron de sus poblaciones ante una epidemia de cólera. En el año 2000 unas excavaciones arqueológicas sacaron a la luz elementos de la época romana altoimperial y bajoimperial, es decir desde el siglo I hasta el V de nuestra era. Entre ellos destacaron restos de fauna doméstica, alineaciones de muros rectilíneos de mampostería formando edificios de planta rectangular y restos de un hogar construido con fragmentos de ladrillo y trozos de dolia (grandes recipientes cerámicos de hasta 1,8 metros de alto). También aparecieron en esa excavación elementos islámicos de los siglos XII y XIII, destacando un ataifor o plato hondo de época andalusí.

Así pues tenemos evidencias de que en época romana y al final de la época islámica, durante la dominación almohade, la isla sí que tuvo un pequeño núcleo habitado lo cual invalida la afirmación, tan generalizada, de que siempre ha estado despoblada.

En tiempos de Felipe II se proyectó la construcción en la isla de una torre defensiva que finalmente, dada la crítica situación de las finanzas del monarca, no llegó a levantarse. Siglos después, en 1871, y dado el atractivo que tenía la isla y sus aguas circundantes como punto de pesca, las autoridades de Marina establecieron que pescasen en días alternos los pescadores de Benidorm y los de Villajoyosa, evitándose así los conflictos y rivalidades que surgían habitualmente entre las gentes de estas dos villas vecinas.

La transformación del islote de punto de pesca a reclamo turístico corre paralela al desarrollo turístico de Benidorm. A comienzos de los años 60, algunos pescadores acercan en sus barcas a los turistas hasta la isla, con la intención de obtener un “dinerillo”. Más tarde se empezaron a vender refrescos en la antigua casa del guarda que, con el tiempo, se convirtió en el actual bar-restaurante. Hasta que en el año 1968 se creó la empresa Excursiones Marítimas Benidorm, que es quien explota todavía la excursión en barco (2,5 millas marinas que se recorren en unos 15 minutos), el restaurante (especializado, como no podía ser menos, en cocina mediterránea) y el recorrido semi-submarino “Aquascope” por las aguas que rodean la isla.

LA LEYENDA

Si una vez llegados a la isla de Benidorm miramos hacia tierra, veremos una impresionante cordillera montañosa, a escasa distancia de la costa y que limita la zona con el interior. En uno de sus macizos aparece un pico con una muesca o fractura perfectamente delimitada (que hemos señalado con una flecha en la fotografía que ilustra este post). Es el monte conocido como Puig Campana (con 1.410 de altitud) y esa “muesca”, conocida como El Portell (o El Bocado de Roldán, amén de otras nomenclaturas), es la que ha sido objeto de conjeturas desde tiempos inmemoriales y siempre relacionándola con la isla de Benidorm.

 

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Las historias más fantásticas aseguran que fue el caballo (blanco) de Santiago el que, en su impetuoso galopar, cuando acudía en ayuda de los cristianos frente al sarraceno, de una coz rompió el pico con tal impulso que, volando, acabó sumergiéndose en el mar y convirtiéndose en la isla de Benidorm. Sin comentarios. ¡Ya tenía que ser grande el caballo! ¿No?

Otra historia más romántica es la del gigante Roldán, quien habitaba triste y solitario el monte en cuestión, aislado del mundo debido a su repugnancia y fealdad. Un día que bajó a bañarse al mar conoció una bella dama de su mismo tamaño, Alda, de quien se enamoró perdidamente y con la que convivió feliz durante un tiempo en su cabaña de la montaña. Aunque, como la felicidad dura poco en la casa del pobre, un día un ermitaño malvado que apareció por la zona le lanzó una maldición por la que su dama moriría con la caída del sol. Cuando Roldán llegó a su cabaña comprobó que, efectivamente, su dama estaba moribunda. La fuerza desmedida del amor hizo que Roldán subiese corriendo a lo alto del monte y le propinase un mazazo al pico con la intención de abrir un hueco, y así la luz del sol alcanzase por unos minutos más a su amada, antes de fallecer con el ocaso. De nuevo, el pedazo de monte salió volando hasta amerizar frente a la bahía de Benidorm convirtiéndose en isla. Roldán, con el cuerpo ya sin vida de Alda en brazos, bajó hasta el mar, se adentró en el agua y caminó hasta la isla, en donde depositó a su amada en una cavidad de la roca. Y allí se recluyó también él hasta morir, pues ya nunca quiso separarse de ella. ¡Oh!

Existe otra versión que nos cuenta cómo Roldán, que era comandante de Carlomagno, se enzarzó en combate con un jefe moro y, ensimismados en el duelo, acabaron frente a frente en la cima del Puig Campana. En un momento en que el caudillo musulmán había sido arrojado al suelo, Roldán levantó su espada, Durandarte, para, descargando toda su furia, asestarle al infiel el golpe final. Sin embargo, éste lo esquivó, pero de la inmensa fuerza con la que Roldán propinó el golpe, cortó un gran trozo de roca, que cayó rodando hasta el mar (convirtiéndose en la isla de Benidorm).  ¿Qué os parece? Es más bonita la anterior, ¿verdad?

Historias más recientes asocian la muesca del Puig Campana con visitantes extraterrestres que hace siglos, mediante potentes rayos láser cortaron el pedazo y lo lanzaron al mar (surgiendo así la isla de Benidorm), estableciendo en ese tajo del monte una base de OVNIS y una colonia secreta en el interior de la montaña desde la que se dirigiría la posterior invasión de nuestro planeta, en el caso de que nuestro proceso evolutivo “se torciese”. Tanta fuerza adquirió esta versión a finales de los años 70, época de plena efervescencia ufológica, que grupos de hasta 50 personas se reunían en El Portell cada fin de semana con la intención de vivir unos “encuentros en la tercera fase” con los Señores del Universo, pues así los llamaban. Desde luego, que también habría sido un buen sitio para abrir un bar-restaurante como el de la isla, ¿verdad?

Desgraciadamente, como pasa siempre, la ciencia se impone a la leyenda y estudios geológicos recientes han determinado que la isla de Benidorm sería una prolongación de la Serra Gelada, de la que formaba parte hasta que se quebró y hundió el brazo de tierra que unía ambas.

Si quieres vivir alguna de estas leyendas sobre el terreno, tienes experiencia en montaña y buen estado físico, te recomendamos ascender al Puig Campana. Las vistas son impresionantes (Benidorm, Sierra Helada, Peñón de Ifach…) y en días claros incluso se divisa la isla de Ibiza. Y por supuesto, en tu visita a la capital de la Costa Blanca, no puede faltar un viaje a la isla en el Bahía de Benidorm o en el Acuario 2, rematando la excursión con una paella o un arroz con bogavante en el restaurante. Seguro que quieres volver. Y es que Benidorm es mucho Benidorm.