Una breve historia del Souvenir

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29/04/2013

El souvenir (del francés, recuerdo) es ya un elemento omnipresente en nuestras vidas. Es difícil encontrar actualmente una vivienda que no tenga incorporados a su decoración una figurita, jarra, imán o dedal, más o menos dañinos a la vista, “recuerdo de…”. En un intento de no dejar escapar de su mente las experiencias vividas en sus viajes, el turista adquiere ese artículo quizás para rememorarlas de por vida, para convertirlas en algo tangible, algo material, y de paso mostrarlas así a las visitas y amigos de su hogar-escaparate. ¿Gasto inútil? ¿Símbolo de estatus? ¿Cultura kitsch? Mejor que nos lo expliquen los psicólogos y sociólogos. Aquí nos vamos a centrar sólo en su historia y evolución.

¿Podemos fijar cuando surgió la idea de adquirir recuerdos de viaje, bien para “consumo propio”, bien para regalar? Hacia el año 700 a.c. en Grecia, el propio Homero nos relata en su Odisea cómo Ulises iba recopilando regalos-recuerdos de sus fantásticos viajes. Más tarde, en el siglo I d.c., fue el artesano romano Caius Valerius Verdullus quien descubrió un gran negocio con los vasa potoria, los únicos vasos que cumplían una doble función: servían para beber y también resultaban perfectos para guardar como recuerdo, ya que en ellos figuraba una leyenda alusiva a lo representado en el vaso además de la firma del autor.

Encontramos también la vertiente religiosa del souvenir en los peregrinos griegos y romanos que coleccionaban pequeñas imágenes de dioses y diosas. Más tarde, los cristianos siguieron la costumbre en la Edad Media con las conchas del Camino de Santiago, decorando los sombreros, los hábitos y las capas. Geoffrey Chaucer lo contó en sus Cuentos de Canterbury.

Posteriormente, ya en el siglo XIX, cuando Europa se estabilizó tras la derrota de Napoleón, surgió, entre las clases pudientes inglesas y francesas, la figura del viajero-aventurero romántico que visitaba lugares exóticos de Asia, África, América, o incluso España, fundiéndose con la realidad que visitaba (inmersión cultural, que diríamos ahora). Se empezaron a publicar numerosos libros de viajes que contenían descripciones de ciudades y monumentos, se hablaba de las costumbres, de la política, se trataba de dar una idea general del país o de la zona, cubriendo todos los aspectos posibles. En ellos se mezclaba lo erudito con lo literario incluyendo el aspecto artístico, ya que muchos de ellos incluían ilustraciones a base de litografías o grabados (como los que realizó Gustave Doré sobre paisajes y tipos populares españoles).

La introducción de los ferrocarriles y los barcos de vapor multiplican las oportunidades de viaje, de un modo más cómodo, seguro y rápido que lo conocido hasta entonces. Surgen los primeros “operadores” turísticos, como Thomas Cook, y así, poco a poco, empezó a gestarse el turismo, más o menos en su acepción actual, entre esa clase pudiente que, cuando volvía a su país de origen, gustaba de regalar a sus amigos, conocidos y parientes objetos típicos de los lugares que habían visitado. En los países de destino, a medida que fueron llegando más viajeros, se fue gestando una pequeña industria, un conjunto de negocios personales, fundamentalmente de artesanos y sastres, que ofrecían aquello que los curiosos visitantes les iban demandando como testimonio de su visita.

Sin embargo, fueron las grandes exposiciones universales, típicas de la segunda mitad de ese siglo, como las de Filadelfia, Chicago, Nueva York, Londres y París, las que dieron el espaldarazo definitivo al souvenir, convirtiéndolo en un rito de obligado cumplimiento cada vez que se viajaba, y generando una industria ad-hoc capaz de producir en serie ese artículo por el que pronto se identificaría cada ciudad, región o país. El periódico La Vanguardia, a propósito de unos viajeros de paso por Barcelona, nos dice: “Muchos de ellos llevaban en la cabeza las boinas encarnadas con la torre Eiffel bordada, que se venden en la Exposición Universal de París.”

Y llegamos al siglo XX que, con la irrupción del turismo de masas, el consumo insaciable y la naturaleza global de la producción, empuja a la generación de objetos tipificados basados en una iconografía reconocida previamente como “típica” de la cultura o lugar que los produce: camisetas, azulejos, trajes de flamenca, toros, figuritas de bailaoras, vasos, imanes para la nevera, llaveros, huchas y un larguísimo etcétera, que en muchísimos casos, ya en el siglo XXI, muestran el “Made in China” en la parte trasera. De modo que podemos encontrar el mismo tipo de recuerdos en casi cualquier parte del planeta. Tanto es así que en Benidorm podamos comprar souvenirs de las Torres Gemelas de Nueva York (verídico), que en Barcelona se venda como algo típico el clásico sombrero mejicano, o que en la madrileña estación de esquí de Navacerrada nos ofrezcan cerámica (presuntamente) de Talavera. ¿Consecuencias de la globalización que obliga a dar salida como sea a ingentes stocks de souvenirs ya fabricados?

Los souvenirs han dejado ya de ser una creación de los nativos que, inspirados en su cultura, se venden a los turistas que los adquieren como recreación material de la cultura local y constatación de su estancia en un lugar. Por ello mismo, el souvenir dice ahora más sobre el turista que sobre la cultura del lugar a la que supuestamente representa. Incluso llegamos al extremo absurdo de que ya no hace falta viajar, pudiendo adquirir el souvenir por Internet, cómodamente desde casa. ¿Sabe el lector cuántas páginas web hay dedicadas a la venta online de recuerdos de Lourdes? Busque, busque en Google